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Si me duele un poco

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 Por Exal Orella ¿Que si me duele? Sí… me duele un poco. Me duele aceptar que no todo sale como lo soñé, que no todas las personas se quedan, que no todos los caminos son rectos ni suaves. Me duele reconocer que a veces me canso, que a veces dudo, que hay noches en las que el silencio pesa más que el ruido del mundo. Pero también he aprendido algo: que el dolor no es el final de la historia. Es una pausa. Es un susurro que me recuerda que estoy vivo, que siento, que amo, que intento. Sí, me duele… pero no me detiene. Porque incluso con miedo sigo avanzando. Aunque el corazón tiemble, los pies pueden dar un paso más. Aunque la voz se quiebre, aún puede pronunciar sueños. El miedo no significa que no pueda; significa que estoy frente a algo grande, algo que importa, algo que tiene el poder de transformarme. He entendido que el miedo no es un enemigo, es una señal. Una señal de que estoy saliendo de lo cómodo, de lo conocido, de lo que ya no me reta. Y aunque a veces quisiera regresar...

Mamá no se Despidió de mí

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 Por Exal Orella Y todo ha sido extraño. Y desde entonces mis días son austeros, huecos, sin comprensión del destino. Ni siquiera quiso contarme o hablarme, a pesar de tenerme cerca y a su lado, no tuvo interés de expresarme lo que sentía ni lo que quería. Enmudecía su sentir para no hacer ruido ante la realidad, y por mucha atención que ponía, no logré interpretar sus quejas. Piensa que por decirme, te quiero, te amo, mi corazón iba a permanecer tranquilo, piensa que por haberlo dicho con voz lenta iba a ser que resonaran en la oquedad de mis tímpanos para siempre sus palabras. Y ahora que su cama poco a poco desvanece su aroma, siento más su egoísmo, cómo pudo dejarme así, cómo llegó a acostumbrarme con su presencia, y de la nada irse con el atardecer, como quien palidece en penumbras, como quien llena de sombras su mirada,  como quien quiere irse sin decir adiós. Mamá no se despidió de mí, pero siempre quiso prepararme para su distante presencia. Desde mi infancia me exigía...

Renacer del Adiós

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 Por Exal Orella   "Un nuevo comienzo con sabor a intento" Hace poco analizaba el porqué debía dolerme este fracaso amoroso. Revisé fotografías, mensajes, recuerdos que parecían dormidos, y en cada objeto guardado en mi galería y en cada rincón de mi estancia, me encontré con fragmentos de lo que alguna vez fui contigo. Entonces me pregunté, hablando conmigo, claro: ¿por qué es tan difícil soltar? Y pude concluir que lo malo de terminar o perder a un amor no está en los eventos que no sucederán, ni en los sueños que quedaron inconclusos, sino en creer que el amor se quedó viviendo en los hechos del pasado, cuando en realidad, el amor verdadero habita en el acto de seguir, de despertar, de mirar hacia adelante sin rencor. A veces creemos que amar es retener, pero el amor no se encierra, el amor se expande o se marchita. Y cuando se marcha, deja su huella, no para castigarnos, sino para enseñarnos a reconocernos. Lo que duele no es el adiós, sino el eco de lo que fuimos antes d...

¿Y Qué sigue ahora?

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Por Exal Orella ¿Y qué sigue ahora? Hace poco me sequé algunas lágrimas, y cada una de ellas contenía un recuerdo que, al parecer, nunca se fue. Estaban ahí… vivos aún, esperando el momento exacto para regresar y recordarme que hubo algo real, algo que importó. ¿Cómo me siento? Vacío. Se acabó. Terminó de manera abrupta, sin ceremonias, sin respuestas claras. Ni siquiera sé si la culpa estaba de mi lado o del suyo. Cada vez que lo pienso, la miseria crece, se expande, se oscurece, como un hueco sin fondo que amenaza con tragarme por completo. ¿Lo merezco? Tal vez sí. Todo lo bueno y lo malo que pueda pensar parece tener una justificación en el destino. Aunque mi ego insiste en que pudimos solucionarlo, una ráfaga de esperanza se atreve a decirme que no soy merecedor de esta pena tan brusca, tan cruel, tan silenciosa. ¿Y cómo me siento ahora? La pregunta sobra. Me quema por dentro. Apenas puedo respirar. No sé si es el nudo en la garganta el que me ahoga o si son mis sentimientos intent...

Feliz Año Nuevo...

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 Por Exal Orella  Alguna vez, te has preguntado, ¿porqué en las fiestas decembrinas no se ven perros caminando en las calles?, ¿porqué hay un silencio abrumador a pesar que todos estén festejando en sus hogares? Ramiro era conocido por todos en el pueblo, un hombre perdido de razón —para algunos— que con el apodo de loquito recorría las calles siempre sonriendo, lanzando a cualquiera frases llenas de bendiciones o pequeñas palabras de aliento. No todos devolvían el saludo. Algunos bajaban la mirada, otros apuraban el paso, y había quienes cerraban la puerta al escucharlo venir. Su sonrisa, para muchos, era incómoda; su presencia, innecesaria. Era muy común verlo rodeado de perros, grandes y pequeños, que al mismo paso de su dueño iban también “sonriendo”, juguetones y cariñosos, acompañaban a Ramiro a cada sendero. Nadie sabe cómo los reclutaba, pero no había perro callejero que no se identificara al escuchar los gritos desde lejos. Para algunos vecinos, aquella jauría era mo...

El Hombre de la Rata

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 Por Exal Orella. (Lee en silencio y que nadie te distraiga) Y pensar que una vez, la costumbre y el repudio hicieron una tregua. Allá va ese pobre desventurado del lote 5, sucio, roto, greñudo, oloroso, caminando suave como si el camino lo meciera en su andar. A su paso, nadie soporta estar, llega a ser muy profundo el hedor y más que su apariencia, las historias que cuenta suelen disgustar. Aunque sus relatos no se dirigen al público, sino a un amigo suyo en particular. Entre sus ropajes, suele tener una compañía secreta, que algunos han visto alimentando, otros conversando y unos pocos, cómo yo, cuidando del exterior. Ese amigo suyo, es una vieja rata, si una rata enorme, no puedo describirla gorda, pero tampoco está escuálida, es en términos generales, una rata grande.  La historia de este dueto comenzó de una forma muy singular, nuestro vagabundo tuvo un hogar hermoso, un jardín cuidado y una hermandad envidiable, dejaba en el borde de su hogar unos baldes con agua fresca...

Mi edad No es tu castigo

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Por Exal Orella Ven, quédate a mi lado, y permíteme decirte: Sé lo que tienes… tu mirada y tu silencio me explican todo. No necesito escuchar las palabras para entenderlas, porque cuando dos almas han compartido tanto, el corazón aprende a leer lo que los labios callan. Mi edad pone en riesgo todo lo que has soñado, y a pesar de ello, no sabes cómo decirme que ya no quieres continuar… lo sé… No es difícil imaginarlo: un día encontraste a alguien de tu edad, con quien las conversaciones fluyen con la misma música del momento que ambos viven. Él comparte tus inquietudes, tus planes a largo plazo, tus sueños que aún no se han desgastado con el paso de los años. En él viste reflejada la posibilidad de recorrer juntos un camino sin la sombra de mi tiempo sobre el tuyo. Y quiero que sepas que no te culpo. El amor no siempre muere por falta de cariño; a veces se transforma porque el corazón descubre otros latidos que le llaman de manera distinta. Tú has sentido ese llamado… y yo sería ...