Renacer del Adiós
Por Exal Orella
"Un nuevo comienzo con sabor a intento"
Hace poco analizaba el porqué debía dolerme este fracaso amoroso. Revisé fotografías, mensajes, recuerdos que parecían dormidos, y en cada objeto guardado en mi galería y en cada rincón de mi estancia, me encontré con fragmentos de lo que alguna vez fui contigo.
Entonces me pregunté, hablando conmigo, claro: ¿por qué es tan difícil soltar?
Y pude concluir que lo malo de terminar o perder a un amor no está en los eventos que no sucederán, ni en los sueños que quedaron inconclusos, sino en creer que el amor se quedó viviendo en los hechos del pasado, cuando en realidad, el amor verdadero habita en el acto de seguir, de despertar, de mirar hacia adelante sin rencor.
A veces creemos que amar es retener, pero el amor no se encierra, el amor se expande o se marchita. Y cuando se marcha, deja su huella, no para castigarnos, sino para enseñarnos a reconocernos. Lo que duele no es el adiós, sino el eco de lo que fuimos antes de decirlo.
Amar no es una promesa eterna, es un instante que nos transforma. Y cuando el ciclo termina, debemos entender que no hay fracaso en haber amado, solo valentía en haber sentido. Porque el amor no muere con una ruptura: solo cambia de forma, se vuelve silencio, enseñanza, memoria.
Cada despedida es una semilla de renacimiento. De ella brota una nueva versión de nosotros, más serena, más libre, capaz de elegir con más consciencia, de dar sin perderse, de quedarse sin miedo, de madurar con mejores alientos y mayores suspiros.
El dolor, con el tiempo, deja de ser herida y se convierte en huella: la marca de que fuimos capaces de sentir, de apostar, de entregar.
Y entonces comprendo que no pierdo amor, solo dejo de ponerlo donde ya no florece.
Aprendo que soltar no es olvidar, es agradecer lo vivido sin exigirle permanencia. Es mirar hacia el horizonte y entender que el amor no era esa persona, sino la capacidad infinita de sentir que aún el hermoso sentimiento me habita.
Perder a alguien no es perder la posibilidad de amar, es abrir el corazón a un amor más sabio, uno que no se mendiga ni se suplica, sino que se construye desde la calma, desde el respeto, desde el Amor Propio.
Y así, mientras el tiempo borra las sombras del pasado, el alma se acomoda, aprende a respirar distinto, y en el silencio, en esa quietud nueva, vuelve a escucharse a sí misma diciendo: “aún soy capaz de amar”.
Y ahí, justo ahí, comienza el verdadero reencuentro.

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