Feliz Año Nuevo...
Por Exal Orella
Alguna vez, te has preguntado, ¿porqué en las fiestas decembrinas no se ven perros caminando en las calles?, ¿porqué hay un silencio abrumador a pesar que todos estén festejando en sus hogares?
Ramiro era conocido por todos en el pueblo, un hombre perdido de razón —para algunos— que con el apodo de loquito recorría las calles siempre sonriendo, lanzando a cualquiera frases llenas de bendiciones o pequeñas palabras de aliento. No todos devolvían el saludo. Algunos bajaban la mirada, otros apuraban el paso, y había quienes cerraban la puerta al escucharlo venir. Su sonrisa, para muchos, era incómoda; su presencia, innecesaria.
Era muy común verlo rodeado de perros, grandes y pequeños, que al mismo paso de su dueño iban también “sonriendo”, juguetones y cariñosos, acompañaban a Ramiro a cada sendero. Nadie sabe cómo los reclutaba, pero no había perro callejero que no se identificara al escuchar los gritos desde lejos. Para algunos vecinos, aquella jauría era motivo de quejas; decían que ensuciaban, que daban mala imagen, que asustaban. Para Ramiro, eran familia.
Ramiro pedía comida para él… y la compartía con sus amigos. No siempre recibía algo. Muchas veces le cerraban la mano antes de que terminara de hablar. Otras, le decían que se fuera, que no molestara. Cuando alguien le regalaba un poco de pan o sobras, él agradecía como si le hubieran dado un tesoro, y aun así partía lo poco en pedazos más pequeños para que alcanzara para todos. Él se quedaba con lo último, si quedaba.
En Navidad, recorría las calles gritando: “¡ho, ho, ho! ¡Feliz Navidad, pequeños!”, alegrando así a la inocencia. Los niños reían desde lejos, pero no faltaba quien se molestara por el ruido, quien murmurara, quien reclamara que no dejaba dormir. Algunas familias lo veían como una amenaza, otras como una vergüenza que preferían ignorar. Pocos entendían que solo estaba celebrando a su manera algo que él nunca tuvo.
Y en Año Nuevo, era común verlo caminando de madrugada con sus perros, levantando la mano y repitiendo: “¡Feliz Año Nuevo, paisano!”. Habían trotamundos vecinos que contestaban contentos aquel saludo, unos cuantos quienes respondían con un gesto rápido, otros con fastidio, y muchos más con silencio. No faltaron las quejas por sus gritos nocturnos, por sus pasos resonando en calles vacías, por existir cuando el pueblo quería dormir sin recordar que no todos tenían un techo donde hacerlo.
Pero Ramiro enfermó a fin de año. Su cuerpo, cansado de cargar rechazos y noches frías, comenzó a rendirse. Aquella noche se recostó en un rincón conocido, rodeado de sus perros buscando calor. Ellos lo vieron. Ellos entendieron. Ladraron, se juntaron, intentaron protegerlo como él siempre los cuidó.
La guardia llegó alertada por los ladridos, atendiendo la queja de los vecinos, los ahuyentaron, los sometieron, algunos fueron encerrados. Los perros se resistían, gemían, jalaban hacia el lugar donde Ramiro respiraba cada vez más débil. Nadie se detuvo a mirar más allá. Nadie preguntó. Nadie notó que el loquito estaba ahí, agonizando en silencio.
La guardia se fue...
Amaneció...
Horas después, descubrieron el cuerpo de Ramiro, frío y sin aliento, con un par de sus amigos al lado suyo. Sus manos estaban manchadas de tierra y carbón. En el suelo, con letras torcidas, había dejado su último saludo, su despedida al mundo que nunca terminó de comprenderlo:
“Feliz Año Nuevo…”
Desde entonces, en la víspera navideña y de Año Nuevo, no se ven perros callejeros en el pueblo. Ya no hay ladridos de madrugada, ni colas moviéndose al escuchar un saludo. El silencio es absoluto...
Y quizá lo más triste es que ahora, cuando nadie grita Feliz Año Nuevo, paisano, el pueblo duerme tranquilo… sin notar todo lo que perdió.

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