El Hombre de la Rata
Por Exal Orella.
(Lee en silencio y que nadie te distraiga)
Y pensar que una vez, la costumbre y el repudio hicieron una tregua.
Allá va ese pobre desventurado del lote 5, sucio, roto, greñudo, oloroso, caminando suave como si el camino lo meciera en su andar.
A su paso, nadie soporta estar, llega a ser muy profundo el hedor y más que su apariencia, las historias que cuenta suelen disgustar. Aunque sus relatos no se dirigen al público, sino a un amigo suyo en particular.
Entre sus ropajes, suele tener una compañía secreta, que algunos han visto alimentando, otros conversando y unos pocos, cómo yo, cuidando del exterior. Ese amigo suyo, es una vieja rata, si una rata enorme, no puedo describirla gorda, pero tampoco está escuálida, es en términos generales, una rata grande.
La historia de este dueto comenzó de una forma muy singular, nuestro vagabundo tuvo un hogar hermoso, un jardín cuidado y una hermandad envidiable, dejaba en el borde de su hogar unos baldes con agua fresca, para aquellas aves viajeras de su jardín y los perros transeúntes que solia recibir. Era un tipazo.
En su casa vivía su madre, señora rígida de costumbres pueblerinas, quién por su edad, ameritaba cuidados especiales y en su morada tenía todos los apoyos necesarios para su atención, era amable con los vecinos, platicadora en el mercado, seria en la iglesia y siempre estaba limpiando cada rincón.
En una jornada común, el partió muy temprano al amanecer, dejó todo listo y al alcance de su madre, sin saber que algo extraño iba a suceder.
En el área de cocina, donde se resguarda la despensa, se escuchó un ruido inquietante que hizo a la madre enloquecer: “¡Una rata!” Escucharon los vecinos del estruendoso grito de la mujer. La oyeron mover muebles, golpear por todas partes la pared, estaba furiosa en verdad por la existencia de aquel ser.
Nadie pudo calcular las horas de aquella faena, pero llegó el atardecer, y con ello su hijo pudo a casa volver, y al abrir la puerta a la rata vio correr, más su espanto fue ver a la anciana sobre la mesa golpeando el techo y a punto de caer.
Discutió con ella, alegando que dejara en paz al animal, que su integridad corría peligro y que al otro día llamarían al experto para alejarla de sus vidas, la abrazó mientras le pedía que hiciera caso, el durmió preocupado y ella planeando acabar con su enemigo.
Al otro día, el ritual matutino fue diferente, ella esperó que su hijo partiera para echar a andar su plan anti ratas…
Algunos cuentan versiones distintas, cerillos, fuego, explosiones, gas, corriente eléctrica, nadie fue testigo presencial, todas las historias concluyen en el mismo final.
Una llamada, una emergencia, Él llegó a casa, no había casa, solo cenizas, madera quemada, gritos sordos, gritos de locura, bomberos sujetándolo, … locura.
No hubo funeral, o quizás si, la cordura no estuvo presente, comenzó a caminar por la calle buscando aquel hermoso hogar, la gente lo veía dando vueltas a la manzana sin llegar a un lugar, donde antes estaba una casa habían escombros y su inteligencia ya no estaba en su lugar.
Cansado se sentó en las escaleras, que aún olían a humo, y cerca de sus pies yacía el enemigo número uno: La Rata… perdido, sollozando, se agachó y la tomó en sus manos, aún estaba cálida, estaba respirando, ¡era un milagro!
La gente lo vió corriendo y gritando, las lágrimas profundas recorrían sus mejillas, le hablaba con cariño, algunos escucharon que decía:
Madre aquí estás, estos locos policías como te iban a encontrar, soy yo, tu hijo… ahora estoy aquí y te voy a cuidar… ven, vamos a casa es hora de merendar.

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