Un amor en el cielo

Por Exal Orella

Esta es la historia de un romance imposible…



Él era un soñador. No un soñador cualquiera, sino de esos que llevan el alma habitando siempre un poco más allá del horizonte. Tenía el corazón hecho de preguntas y los ojos llenos de cielos. Cada noche, sin falta, salía a contemplar la luna. No era un hábito… era un ritual. Sentarse bajo su luz, admirarla desde lejos, hablarle en silencio con pensamientos que nunca se atrevió a convertir en palabras.


Y ella… ella era la luna. Imponente, majestuosa, serena. Una presencia constante que reinaba sobre las sombras con una luz suave, casi maternal. Desde allá arriba, lo veía. Lo notaba cada noche, ahí, solo pero completo, con el rostro en alto y los ojos brillando de emoción. Y aunque nunca lo dijo, también lo esperaba.


Porque aunque era la luna, con todo su poder de iluminar mares y mover mareas, había algo en la constancia de ese hombre que le daba sentido a su luz. No necesitaba que él le dijera nada. Ella lo sentía. Sentía su ternura, su respeto, su forma de admirarla sin necesidad de poseerla.


Él se enamoró profundamente, de ese modo que solo los soñadores saben amar: sin prisa, sin condiciones, sin esperanzas concretas. La amaba por lo que ella era, por la calma que traía a sus días inquietos, por la forma en que iluminaba sus pensamientos y despejaba su oscuridad interior. La amaba aún sabiendo que nunca la tocaría, aún sabiendo que su amor era un amor imposible.


Y ella también comenzó a sentir. No con el deseo de bajar del cielo, no con el impulso de romper el destino, sino con esa forma sutil en la que los astros también aprenden a amar. Ella no podía amarlo como él deseaba, no podía descender a su mundo, abrazarlo, quedarse. Pero podía hacer algo más: podía seguir iluminando su camino.


Así lo decidió. Cada noche se esforzaba un poco más en brillar solo para él. Cuando lo veía triste, su luz se hacía más cálida. Cuando lo notaba feliz, resplandecía como si celebrara con él. Y cuando él lloraba en silencio, creyendo que nadie lo notaba, ella se desbordaba de plata, intentando abrazarlo desde su distancia inalcanzable.


El amor entre ellos nunca fue un amor común. Nunca hubo promesas, ni contacto, ni pertenencias. Pero había presencia. Había fidelidad. Había ternura. Y eso, para ellos, era suficiente.


Él entendió, con el tiempo, que no toda historia necesita un final tangible. Que no todos los amores están hechos para vivirse en la piel. A veces, el amor más puro es ese que acepta la imposibilidad sin renunciar a la belleza de sentir. Él no dejó de amarla. Pero dejó de necesitar que fuera suya.


Y ella, desde el cielo, siguió brillando. Nunca habló, nunca bajó. Pero cada noche, sin falta, se dejaba ver para él, como una promesa silenciosa de que el amor verdadero no siempre necesita estar cerca para ser eterno.


Así pasó la vida. Él, con su alma en el cielo y los pies en la tierra. Ella, iluminando la oscuridad, sabiendo que aunque nunca podrían amarse como querían, se amaban como podían.


Y ese fue su pacto:

Amarse a la distancia, con la pureza de lo que no se toca,

con la eternidad de lo que no se desgasta,

con la belleza de un amor imposible

que jamás dejó de ser amor.


Comentarios

Entradas más populares de este blog

Mi edad No es tu castigo

¿Y Qué sigue ahora?

Feliz Año Nuevo...