Tengo Miedo
Hoy soy un alma que ha buscado conocer más de mí.
He caminado días enteros hacia adentro, intentando entender por qué, a pesar de tener tanto amor para dar, a veces me siento como una vasija llena sin manos que la reciban. Me miro en silencio, me cuestiono, me cuido, pero también me enfrento. Me confieso a mí mismo cosas que a nadie me atrevería a decir.
Tengo miedo.
Miedo de entregar el corazón donde no pueda florecer. Miedo de prometer algo tan sincero y profundo, que si no es bien cuidado, termine quebrándome. Y a la vez, tengo miedo de contenerlo todo dentro, de seguir acumulando este amor inmenso sin poder entregarlo a nadie que lo comprenda.
No quiero arruinarle la vida a nadie. No quiero cargar con la responsabilidad de ser alguien que irrumpe, que confunde, que cambia lo que ya estaba en equilibrio. Y tampoco quiero ser quien traicione su propia paz por intentar encajar en una historia que no le pertenece.
He aceptado lo que tengo:
tanto trabajo, tantos pendientes, y a veces pienso que ese ritmo, ese correr de día en día, es una forma noble de mantenerme a salvo. Es como si en el trabajo encontrara un refugio, un motivo, un orden. Como si llenar mis horarios fuera la forma de silenciar el vacío que dejó no poder compartir mis días con alguien que me mire con profundidad y ternura.
Y sin embargo, cuando miro a otros —amistades, parejas, personas que se eligen— una parte de mí se detiene. Me nace una especie de envidia callada, no porque quiera lo suyo, sino porque sé que tengo tanto por entregar y no sé en qué rincón del mundo, ni en qué momento del tiempo, alguien estará listo para recibirlo.
Yo puedo amar sin medida.
No es una suposición. Lo sé. Porque lo he hecho. He amado en los detalles, en los silencios, en las preocupaciones pequeñas, en las conversaciones profundas. He amado con esa intensidad serena que no abruma, pero lo cubre todo. He amado desde la risa compartida hasta el cuidado en la enfermedad. Desde el respeto a los sueños del otro, hasta la entrega total cuando alguien ha necesitado mi alma para levantarse.
Y aún me queda tanto amor por dar…
A veces lloro antes de dormir. No es una tristeza que me destruya, es una nostalgia que simplemente me visita. Lloro por lo que alguna vez tuve, por lo que fui, por esos buenos días que recibía con una voz que me pertenecía, por esas buenas noches que calmaban cualquier tormenta. Lloro por los pequeños hábitos compartidos, por las tonterías que terminaban en risas, por las discusiones sin sentido que escondían cariño detrás de la terquedad.
No lloro por una persona específica. No es eso.
Lloro porque el amor que una vez entregué sigue latiendo dentro de mí… y no tiene a dónde ir.
Y aun así, no me apago.
Porque sé que este corazón mío, lejos de romperse, se ha hecho más fuerte. No por endurecerse, sino por haber aprendido a esperar. A elegir. A no conformarse. Porque sé que lo que tengo por dar, vale. No por lo que espero a cambio, sino por lo que soy capaz de sostener en los momentos más humanos y reales.
No estoy buscando a alguien que me salve.
Ni quiero que alguien complete lo que ya soy.
Solo sueño con el momento en que mis manos, tan llenas de ternura, puedan sostener otras que no teman recibir todo lo que tengo por ofrecer. Que me miren y digan: “gracias por no guardarte, por no endurecerte, por seguir creyendo”.
Mientras tanto, aquí estoy.
Amándome en el silencio, reconociendo mi luz en la oscuridad.
Dejando que el amor que no puedo dar hoy, me siga llenando por dentro.
Porque el amor que llevo dentro no se desperdicia.
Se transforma en fuerza.
En fe.
Y en la certeza de que lo que es verdadero, me encontrará.

Comentarios
Publicar un comentario