Nuestra Velada
Hijo, apaga la luz.
Puedo ver en tus ojos los rastros de estas noches en vela. La puerta es mi cómplice, me cuenta en susurros las lágrimas que sueltas después de tus oraciones, las veces que te detienes frente a mi cuarto en silencio, esperando escuchar mi respiración, asegurándote de que sigo aquí, aunque cada día me sienta más lejos.
Ven, siéntate un momento a mi lado. No tengas miedo. Hoy no quiero que seas fuerte por mí, hoy quiero que seas tú, ese niño que cuidé con tanto amor, ese joven que creció entre mis brazos y que ahora se ha convertido en el hombre que me ha devuelto la ternura con sus cuidados y su paciencia.
Has sido mi ángel en la tierra, mi refugio en las madrugadas más largas, el calor que mis manos frías buscaron en medio del dolor. A veces siento que me has dado más amor del que merezco, que tu alma se ha hecho grande a fuerza de cargar con mis silencios, mis ausencias, mis días de cansancio profundo. Pero quiero que sepas algo, hijo mío: aunque mis fuerzas se apaguen, mi amor por ti nunca lo hará.
Sé que he llegado al final de mi camino, y por eso te pido que apagues la luz, que te permitas descansar, que entiendas que mi cuerpo se va, pero mi amor se queda contigo. No llores más por las cosas que no pudimos hacer o decir. Lo que fuimos, lo que compartimos, lo que vivimos en estos días en que me acompañaste más allá del dolor… eso fue suficiente. Fue sagrado.
Quiero que cuando cierres los ojos esta noche, no recuerdes mi cuerpo enfermo, ni mis manos temblorosas. Recuerda mi risa, mis abrazos, mis cantos en la cocina, mis regaños con amor, las veces que te defendí como fiera del mundo. Recuérdame viva.
Y cuando al fin me haya ido, cuando la habitación esté vacía y no escuches más mi voz llamarte, no pienses que estoy lejos. Yo estaré en el aire que entra por la ventana, en el sol que acaricie tu rostro en las mañanas. Estaré en tus sueños más profundos, hablándote con la calma de una madre que no conoce el olvido.
Tú me diste paz, hijo. Me diste dignidad en mis últimos días. Me diste luz cuando todo dentro de mí era sombra. Me mostraste que el amor no se dice, se demuestra, y tú lo hiciste con cada medicina, cada palabra, cada caricia, cada noche sin dormir.
Y ahora quiero darte algo a cambio:
Mi bendición eterna.
Mi promesa de que todo mejorará.
De que el dolor pasará y, aunque queden cicatrices, también quedarán recuerdos hermosos que te darán fuerza.
Quiero que vivas, que rías, que ames sin miedo. Que te enamores de la vida como lo hiciste cuando eras niño, que te permitas tropezar, pero también volar.
No estoy partiendo para dejarte solo, sino para cuidarte desde el cielo. Cada paso que des, lo daré contigo. Cada logro, cada lágrima, cada alegría que la vida te dé, me llegará en forma de luz, porque estaré ahí, amándote como solo una madre sabe hacerlo: para siempre.
Así que, hijo… apaga la luz.
Deja que el silencio te abrace esta noche.
Descansa.
Y cuando amanezca, levántate.
No por mí, sino por ti.
Porque el mundo aún necesita tu bondad, tu risa, tu corazón tan lleno de vida.
Yo estaré bien.
Y tú también lo estarás.
Te amo más de lo que las palabras alcanzan a decir.
Y desde donde estaré, te amaré aún más.
—Mamá.

Comentarios
Publicar un comentario