No debo ilusionarme, lo sé…
Aún no estoy listo…
Aunque sus virtudes resaltan y me gustan una por una, aunque su presencia deja en el aire una sensación cálida y familiar, creo que no quiero dejarme cautivar… no todavía. Hay algo en ella que me intriga, una luz suave pero persistente que me invita a quedarme un poco más, a observarla con curiosidad, como quien descubre un paisaje hermoso por primera vez y sabe que no debe correr hacia él, sino contemplarlo con paciencia.
Sus atractivos no son solo físicos, aunque sería injusto no reconocer su belleza… ese gesto sereno al escuchar, la forma en que se ilumina cuando habla de lo que ama, la elegancia con la que camina sin saber que cada paso tiene su propia poesía. Me gusta cómo sus ideas se acomodan en sus palabras con firmeza, pero sin arrogancia, como quien ha vivido lo suficiente como para saber lo que vale sin tener que gritarlo.
Me atrapa su risa, no porque sea estruendosa, sino porque nace de lugares honestos. Me gusta su mirada, porque no se esconde ni se apresura, solo observa con una claridad que incomoda y atrae a partes iguales. Y me sorprende cómo su vulnerabilidad no la debilita, sino que la vuelve aún más fuerte, aún más humana.
Pero a pesar de todo eso… no debo ilusionarme. Porque sé que a veces el corazón quiere correr antes de que el alma esté lista, y no estoy dispuesto a caer en lo mismo de antes, en esas prisas que confunden emoción con amor, atención con reciprocidad, conexión con destino. Esta vez quiero aprender a caminar despacio, a sentir sin expectativas, a disfrutar su presencia sin exigirle a la vida un guion que todavía no hemos escrito.
Sí, quiero seguir viéndola. Quiero seguir encontrándola en las conversaciones simples, en las miradas que duran un poco más de lo normal, en los silencios compartidos que no incomodan. Quiero descubrir quién es más allá de lo que muestra, sin querer apresurar lo que quizás ni siquiera tenga que suceder.
Mis sentimientos aún no deben cruzarse, lo sé. Porque ahora entiendo que hay belleza también en conocer a alguien sin pretensiones, sin nombres, sin etiquetas, solo con el corazón abierto y la mente tranquila. Y tal vez, solo tal vez… ella también me esté descubriendo, sin saberlo, en la misma forma pausada en que yo la descubro a ella.
Así que no, no me ilusiono. Me permito sentir, sin caer. Me permito mirar, sin poseer. Me permito estar, sin promesas. Porque a veces, lo más valioso no es lo que se convierte en amor, sino lo que simplemente nos transforma por el simple hecho de existir. Y ella, en este momento, es eso: una transformación silenciosa que no pide nada, pero lo cambia todo.

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