Quizás solo noto algo más
Y al verla frente a mí…
No, ella no me enamora ni me conquista, es solo que… comienzo a notar sus virtudes y, con ello, algo dentro de mí se agita, como una brisa suave que roza el alma sin aviso. No es un sentimiento arrebatador, no es un fuego desbordado. Es algo más sutil, más profundo, como si su presencia despertara en mí algo que había permanecido dormido.
Hay algo en ella que no se impone, pero permanece. No busca llamar la atención, y aun así, cuando está cerca, el tiempo parece ralentizarse. Su risa se queda en el aire como un eco que deseo escuchar una y otra vez. Su mirada, sin pretenderlo, encuentra las grietas que no mostré a nadie y, de alguna manera, las ilumina sin juzgarlas. No es solo su voz la que resuena en mi mente, es la calma que trae consigo, la paz que deja en su andar.
No sé en qué momento empecé a admirarla tanto. Tal vez fue cuando noté cómo su alegría no depende de las circunstancias, sino de la forma en que mira el mundo. O quizás fue cuando descubrí su fortaleza, esa que no grita ni exige reconocimiento, pero que se manifiesta en su forma de levantarse cada vez que la vida la ha puesto a prueba. Hay algo casi místico en su capacidad de transformar lo cotidiano en algo extraordinario, como si todo lo que toca adquiriera un matiz especial.
Y luego están sus silencios. Esos momentos en los que no hace falta llenar el espacio con palabras porque su presencia basta. Su silencio no incomoda, no pesa, sino que envuelve como una melodía sutil. En esos instantes, la siento más cerca, como si nuestras almas conversaran en un idioma que solo ellas comprenden. Y eso me hace sentir pleno, como si todo en la vida tuviera sentido solo por el hecho de poder compartirlo con ella.
No, no diré que estoy enamorado. No todavía. Pero cada día que pasa, me doy cuenta de cuánto disfruto de su compañía. Su risa se ha vuelto el sonido que busco al final de un día difícil, y su mirada, el refugio donde encuentro respuestas sin necesidad de palabras. Ella no me promete mundos perfectos, pero su presencia hace que el mío lo parezca.
Hay algo en la forma en que se expresa, en la sinceridad con la que habla, que me desarma. Su pasión por la vida, su curiosidad insaciable, su manera de encontrar belleza en los detalles más pequeños… Todo eso me inspira. Me hace querer ser mejor, no para impresionarla, sino porque estar a su lado me recuerda que la vida tiene tanto por ofrecer.
Y aunque no sé hacia dónde nos lleva este sentimiento que crece con cada latido, sé que hay algo en ella que me invita a quedarme. No para poseerla, no para apresurar lo que aún se está gestando, sino para conocerla. Para descubrir cada matiz de su esencia, para perderme en las historias que cuentan sus ojos, para entender el lenguaje de sus silencios.
No, ella no me enamora ni me conquista… Pero, sin que ella lo sepa, algo en mí comienza a florecer. Y si esto no es enamorarse, entonces debe ser lo más parecido a encontrar un pedazo de cielo en la tierra.
Quizá algún día, cuando las palabras sean necesarias, le diré cuánto ha significado su existencia en la mía. Le diré cómo, sin esfuerzo alguno, logró despertar en mí esa parte olvidada que anhelaba sentir otra vez. Pero por ahora, me conformo con admirarla en silencio, con atesorar cada instante compartido y dejar que este sentimiento siga creciendo, sin prisa y sin miedo. Porque si algo he aprendido, es que las cosas más hermosas no se fuerzan; simplemente suceden.

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